[vc_row el_id="1531194875599-9a65e9ce-537e"][vc_column el_id="1531194875682-451046af-5ce1"][vc_column_text]En los últimos años ha llegado a ser habitual enterarnos por la prensa escrita o televisión titulares que describen los últimos incidentes de violencia contra las personas. Tratar los factores que contribuyen a la violencia puede ayudar a prevenirla. No obstante, a pesar de que los medios de comunicación destaquen la violencia, solamente un pequeño porcentaje de los niños y de los adolescentes expresa su rabia de una manera tan extrema. Cada vez más niños y adolescentes que tienen actualmente dificultades con la rabia muestran conductas de intimidación a sus compañeros, de mal rendimiento, de abuso de drogas, de absentismo escolar, de mala voluntad, de pertenencia a bandas callejeras, de promiscuidad sexual y de conductas suicidas. Al mismo tiempo, algunos niños y adolescentes, que superficialmente aparentan estar bien, sufren depresión, culpa o vergüenza excesivas, o una ansiedad intensa relacionada con la rabia mal manejada. Los niños y los adolescentes expresan la rabia de muy diversas maneras. A veces es muy fácil reconocer su rabia cuando son hostiles y agresivos con los demás o destruyen físicamente las cosas. Podemos comprender rápidamente por qué estos niños y adolescentes atraen la atención de sus padres, de sus profesores, de los psicólogos. Pero hay muchas expresiones de la rabia que son más sutiles y que incluso pueden escapar fácilmente a su atención concentrada. La rabia que subyace a estas conductas puede no ser tan evidente como la agresión o la violencia. De hecho, aunque la agresión y la violencia son expresiones de rabia, la mayoría de los niños y los adolescentes expresan la rabia de otros modos. No obstante, estas conductas pueden provocar dificultades con las relaciones, con la autoestima, en el ámbito profesional y para alcanzar metas a lo largo de toda la vida. Es probable que Ud. Como padre/madre haya vivido situaciones parecidas a estas:
  • El pequeño Michael arroja violentamente su comida lejos de la mesa para expresar su irritación porque su madre le apremia para comer.
  • Sally, de cinco años, rompe el camión de juguete de su hermano como reacción a los celos por la atención que prestan sus padres a su hermano.
  • Linda, de trece años, aunque habitualmente es de trato fácil, pega un portazo detrás de ella al irse a su habitación después de haber perdido un partido de tenis. Estas conductas son expresiones de rabia.
  • Katy de dieciséis años, recurren al uso frecuente de marihuana para calmar la rabia subyacente.
  • Melinda de catorce años puede estar sacando peores notas como un reflejo de su resentimiento por las altas expectativas de su padre de un rendimiento académico sobresaliente.
  • Mateo de seis años se va a su habitación como un modo de enfrentarse con la rabia provocada por observar a sus padres teniendo una discusión.
  • Paul, de nueve años y con un gran sentido del humor, puede volverse cada vez más sarcástico en sus comentarios. Estas expresiones sutiles de rabia pueden pasar inadvertidas cuando no están acompañadas de hostilidad o agresión observables.
Si bien es cierto, desde las escuelas se puede abordar algunas de estas problemáticas, es necesario profundizar en las causas subyacentes. Las investigaciones actuales continúan apoyando el hallazgo de que los niños y adolescentes agresivos y violentos carecen de un verdadero sentido de conexión en sus relaciones con los demás y consigo mismos. Con la palabra “conexión”, quiero significar una relación que promueva, activa y sinceramente, el compartir, el comentar y el explorar nuestro paisaje interior, que incluye nuestras emociones, pensamientos, pasiones y miedos. Los niños, y especialmente los adolescentes, necesitan conexiones con sus iguales, aunque la fuerza de la relación padres-hijo juega un papel fundamental al influir sobre cómo manejan la tensión, el conflicto y la rabia. Una relación con su hijo que promueva la conexión es una relación que puede tolerar los desacuerdos, incluso cuando se pongan límites a las conductas que reflejan tales desacuerdos. Implica su capacidad para ser empático con los sentimientos de su hijo sin que estos le abrumen. Una conexión sana implica una relación que es educativa, ofrece empatía y, al hacerlo, enseña a su hijo a ser empático. La empatía se refiere a la comprensión de la otra persona, de sus pensamientos y de sus sentimientos como si tú mismo fueras esa persona. La escucha empática implica escuchar sin emitir juicios y haciendo saber a su hijo que puede entender su experiencia. El no ser crítico permite y anima a su hijo a explorar más libremente y de modo más completo sus emociones y pensamientos –una tarea importante para dar sentido a la rabia y manejarla–. El estar de acuerdo o discrepar con la perspectiva de su hijo es un tema diferente de ser empático con su experiencia y de compartirla. Y lo que es más importante, ser empático no implica la aceptación o tolerancia de lo que se considera que es una conducta inapropiada.

LA NECESIDAD DE APOYO PROFESIONAL

Cuando se ha hecho la agresividad tan problemática resulta indicado proporcionar ayuda profesional a su hijo o cuando un niño o adolescente no expresa la rabia, también   puede necesitar ayuda psicológica para los adolescentes que mantienen una mínima conexión con sus padres. En algunos casos, es necesario un chequeo médico a algunos niños y adolescentes para determinar si hay algún problema que se derive de algún problema químico (tal como un desequilibrio hormonal o una reacción a la medicación), un problema orgánico (tal como un daño neurológico relacionado con determinadas lesiones cerebrales) o un trastorno psicológico. Es posible que estos niños o adolescentes necesiten medicación; terapia individual, familiar o de grupo; programas de control de la conducta.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]